Lo imaginable, lo inimaginable no existe

sábado, 26 de marzo de 2011

Un viaje común



Diez minutos y solo cinco cuadras: es hora pico y viernes de quincena. El chofer, acostumbrado a esa rutina, ni tardo ni perezoso, enciende un cigarrillo, el humo inunda rápidamente la atmósfera. Casi por instinto, el joven pelirrojo sentado en primer lugar, con cara de fastidio, extiende su delgado brazo y jala: la ventanilla no cede. Vuelve a intentarlo, no lo logra. Se levanta, toma con las dos manos la agarradera y estira, esta vez da un grito desesperado y retorna a su posición inicial.
     
        Con una sonrisa burlona, su corpulenta vecina, hurga en la enorme bolsa del mandado y extrae una naranja. En un dos por tres la pela y el exquisito aroma cítrico atrae las miradas y la envidia de varios. Pronto el encanto se rompe al retumbar una corneta desafinada: es la canción de moda, el conductor la comparte con todos los presentes a un volumen estruendoso.

      Apresurado, un viejo encorvado y con la miseria a cuestas, sube y ofrece dos bubulubus por cinco pesos, “para el antojo de chicos y grandes, para ese bonito detalle”. Lo único que logra es el berrinche de un chiquillo ante la negativa de la madre de adquirir el dulce, en sollozos, el pequeño se queda con las ganas de saborear la golosina.

     Sopor, apretujamiento, enfado. El camión detiene su torpe marcha y una voz chillona anuncia: “Pueden hacerme el favor de pasarse a la unidad de atrás, si no es mucha molestia”.



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